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A raíz de la reciente calificación de Costa Rica en la posición 3 del Índice de Desempeño Ambiental (EPI por sus siglas en inglés), celebrado con bombos y platillos por nuestro gobierno, ha surgido la duda con respecto a si dicha distinción realmente le es aplicable a nuestro país, o si sencillamente los demás 160 países superados (de 162), se encuentran realmente tan mal como para encontrase atrás en la fila. Nuestro país no solamente se ubicó en semejante posición de prestigio, sino que es uno de los únicos 4 países que obtuvieron una calificación mayor de 85. ¿Qué representa realmente este índice? Y… ¿refleja realmente la situación de nuestro país? Poco se ha dicho con respecto a este punto y si realmente queremos avanzar en materia ambiental, con resultados concretos y perceptibles para todos los sectores de la población, debemos considerar dicha información con total objetividad y mirar hacia adentro como costarricenses que somos, para emitir una calificación acorde con nuestra realidad. Es decir, quienes son los que realmente tienen las herramientas para emitir dicha calificación sino nosotros los ticos, quienes sufrimos en carne y hueso todas las problemáticas que aquejan a nuestro país en materia ambiental. Una vez emitida dicha calificación por quienes somos los realmente afectados y llegando a una conclusión en el sentido de si nuestro país se encuentre mal, regular o bien en ese campo, será a partir de allí que se hace necesario fijar metas concretas para que en un futuro, a la hora de autocalificarnos, podamos realmente salir airosos en esta evaluación.
Para empezar debemos aclarar que el índice no representa una situación real y concreta, sino más bien es una situación relativa con respecto a una situación hipotética. Representa la cercanía en la que se encuentran los gobiernos de los distintos países con respecto a las metas adquiridas en su política en materia ambiental. Se utiliza una metodología que mide la proximidad a las metas establecidas, independientemente de cuáles fueron esas metas. Será que nos hemos fijado metas muy simples y sencillas de lograr o será que la metodología utilizada no es un buen parámetro para realmente medir el desempeño ambiental. Tal vez las metas fijadas no requieren de mayores esfuerzos para lograrse, no requieren de un compromiso real de parte de la sociedad y del estado como un todo. Es decir, si apuntamos a la mediocridad (en el mejor de los casos), con solo acercarnos a esa meta, seremos premiados con una calificación alta, independientemente de que sea necesario fijarnos como metas grandes logros en materia ambiental.
El indicador en mención, al igual que su antecesor el Índice de Sustentabilidad Ambiental (ESI) fueron desarrollados por el Centro de Política y Ley Ambiental de la Universidad de Yale, conjuntamente con la Red de Información del Centro Internacional de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Columbia, ambos de los Estados Unidos. En el actual índice se utilizan 25 indicadores reunidos en dos grandes categorías: a) salud ambiental y b) vitalidad de los ecosistemas. En la primera categoría tenemos las subcategorías: efecto del ambiente en las enfermedades, agua potable y saneamiento y calidad del aire en la salud; en la segunda categoría las siguientes: contaminación del aire en ecosistemas, recursos hídricos, biodiversidad y hábitat, recursos naturales productivos (forestales, pesqueros y agrícolas) y cambio climático (gases efecto invernadero).
Haciendo un breve análisis de los indicadores en las distintas categorías, nos damos cuenta de que no estamos tan bien como quieren hacernos creer. En este sentido no entraremos a determinar si la calificación numérica otorgada a cada indicador es la correcta (lo cual evidentemente no lo es), ni tampoco llevaremos a cabo una calificación numérica propia. Vamos a hacerlo utilizando un método que no pierde vigencia y para el caso es el mejor: la observación. No hace falta más que transitar por nuestras calles y carreteras para ver basura por todos lados, la ciudad capital es prácticamente un basurero y no se vislumbra una solución real y definitiva a esa problemática de los desechos sólidos en todo el país. Sobra decir que la mayoría de los camiones recolectores de dichos desechos (cuando los hay) se encuentran en muy mal estado y cuando menos, dejan chorros de lixiviados por donde quiera que pasen (con el consecuente olor que persistirá varios días). El reciclaje es prácticamente nulo (salvo algunas pocas iniciativas privadas) y los botaderos a cielo abierto son comunes en casi todo el país con la complicidad de las Municipalidades y del Ministerio de Salud. La problemática de agua potable es ya inmanejable, no por falta de agua sino por falta de infraestructura y de una correcta política estatal en ese sentido; la planificación urbana y el ordenamiento territorial en general brillan por su ausencia, y el caos poblacional y vial existente es cada día peor. En cuanto al alcantarillado sanitario, salvo en 5 ciudades (el casco central de San Isidro de Pérez Zeledón, el de Cañas, el de Liberia, el de Nicoya, el de Santa Cruz y el Roble de Puntarenas) es inexistente. No se implementan programas de ahorro energético real ni de uso de energía alternativa (no es suficiente con promulgar cambio de bombillos por fluorescentes). Recordemos que recientemente el ICE se vio en la necesidad de comprar dos plantas de generación eléctrica que utilizan búnquer como combustible, lo anterior dada su incapacidad planificadora como es común a todo el gobierno y sus instituciones. A pesar de los esfuerzos del gobierno por evitar la emisión excesiva de gases, la mayoría de la flotilla de buses del centro de la ciudad se encuentra en regular o mal estado, con las consecuentes emisiones excesivas. Ya se hace difícil encontrar un río en nuestro país que no tenga algún grado de contaminación (la mayoría tiene un altísimo grado). No existe una política concreta con respecto al recurso hídrico. En algunos sitios del Golfo de Nicoya existe contaminación con metales pesados (según investigación de la Universidad Nacional) pese a no ser un país con grandes industrias. En cuanto al porcentaje del territorio nacional que se encuentra bajo algún grado de protección los números reportados son impresionantes, sin embargo, nunca se menciona que buena parte de esas tierras son de propiedad privada y que existe imposibilidad de pagarlas a pesar de que, buena parte de ellas se adeudan desde hace muchos años. Tampoco se mencionan los múltiples atropellos, el irrespeto a la propiedad privada y las violaciones a los derechos humanos de que han sido objeto muchos de nuestros campesinos y vecinos de zonas costeras que son despojados de sus tierras y casas en nombre de la protección ambiental o de los pueblos enteros que se encuentran inexplicablemente dentro de zonas protectoras y cuyos habitantes no son sujetos de crédito ni de bonos familiares por esa razón. Es decir, en términos generales y con pocas excepciones, el desempeño ambiental de nuestro país deja mucho que desear.
Todos somos concientes que actualmente se desarrolla la campaña electoral en nuestro país, sin embargo, observando sus distintos planes de gobierno, no se observan soluciones concretas a los distintos temas que nos afligen, y algunas de las soluciones que se proponen tal vez no son las idóneas. Aprovechando dicha campaña, es nuestro deseo hacer un llamado al futuro gobierno que deberá tomar esta calificación, más que como un logro, como una llamada de atención para proponer planes y políticas ambiciosas y buscar, con todos los esfuerzos necesarios, el cumplimiento de los mismos, aunque esto implique que en la próxima calificación del EPI, no nos encontremos en una posición tan alta como la actual. Existe claridad con respecto a que este número es importante para la imagen que queremos dar al mundo, para atraer inversión extranjera y lo ideal es mantenerse en los primeros lugares, sin embargo, es inútil si a la hora de llegar a nuestro país, el extranjero se da cuenta de que las cosas no son como pinta el EPI. Pero, eso sí… si proponemos metas ambiciosas y nos proponemos y esforzamos en su cumplimiento, la realidad perceptible para los costarricenses, en este campo, será mucho mejor que la actual, y al fin y al cabo eso es lo que realmente importa y no un simple número.
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viernes, 5 de febrero de 2010
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